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Por Dianeth Pérez Arreola

Algo extraordinario sucedió: las plataformas digitales cerraron las cuentas del presidente estadounidense Donald Trump. Twitter canceló permanentemente la cuenta personal del republicano, que tenía más de 88 millones de seguidores, mientras Facebook, Snapchat e Instagram también decidieron suspender el uso de sus redes a Trump por considerarlo “un riesgo demasiado grande”, según Mark Zuckerberg.

La medida se debe a las palabras del presidente el miércoles 6 de enero, que culminó con  el ataque de sus seguidores al Capitolio, cuatro fallecidos, 14 agentes heridos y cerca de cincuenta detenidos.

Tras darse a conocer los resultados electorales, Trump publicó varios mensajes alegando fraude sin ningún sustento que respaldara sus afirmaciones, lo que le valió suspensiones temporales y borrado de mensajes, que tras los eventos del miércoles cambiaron a suspensiones definitivas.

Trump ya había advertido que no cesaría en su intento por denunciar el “robo” de su segundo mandato, e incitaba a sus seguidores a no permitirlo. En el portal de la BBC, el profesor de gobernabilidad de la Universidad de Harvard, Steven Levitsky, describió los hechos del 6 de enero como «la respuesta a cuatro años de desacreditar y deslegitimizar la democracia».

Pero muchos se han molestado por la “censura”, incluyendo al presidente Andrés Manuel López Obrador. ¿Fue en realidad un acto de censura o una reacción sensata ante el mal uso dado a las redes sociales?

Los radicales seguidores de Trump no tienen el suficiente sentido crítico como para analizar la situación en su justa dimensión. Si su presidente dice que fue un robo y que hay que defenderse, no cuestionarán nada porque su convicción está basada en creencias y no en hechos. Nunca existirán argumentos suficientes para convencerlos del mal proceder de Trump, porque ellos “creen”, pero no “saben” y si uno no está abierto a escuchar razones y evaluar evidencias -o en otras palabras, estar dispuesto cambiar de opinión-, todas las explicaciones salen sobrando.

Por otro lado, si no se conocen las redes sociales, como es el caso de López Obrador, es muy fácil denunciar censura. Cuando las redes lo apoyan, todo está bien. Cuando las redes lo critican, los usuarios son bots, los periodistas son chayoteros y los personajes políticos y mediáticos están al servicio de “la mafia del poder”.

Por una parte, las redes sociales no son empresas de servicio social; son negocios cuyo fin es obtener ganancias. Pero también son un escaparate de opiniones con alcance global y gran influencia y eso hace necesario regularlas. Ese fue el gran debate de los inicios del internet que ahora protagonizan las plataformas y la respuesta sigue siendo la misma: sí es necesario limitar los mensajes y las interacciones de los usuarios para procurar un uso legal, respetuoso y seguro.

Las palabras son poderosas, ya vimos el efecto de los mensajes de Trump, y aquí la cuestión es hasta dónde debería llegar la regulación de las redes. Editores de Facebook ya habían renunciado indignados hace tiempo, cuando la empresa decidió no tomar represalias contra Trump por sus mensajes provocadores.

Poco a poco se ha ido delimitando el margen de acción que tienen los usuarios. El retraso se debió primero a que los propietarios de las redes decían que ellos eran simples intermediarios, empresas de tecnología y no de medios, y se negaban a asumir su papel de editores. Luego, porque son renuentes a tomar medidas que puedan servir de argumento para acusarlos de censura.

¿Y por qué no dejar abierto el diálogo? Bueno, porque no estaría bien encontrarse con recetas de cómo fabricar bombas caseras, o dejar funcionar un chat de pedófilos en busca de víctimas, o dejar postear a quienes quieren acabar con los “infieles” de occidente por medio de una yihad. La regulación es necesaria para un buen funcionamiento socialmente responsable.

Lo difícil es regular las cuestiones de sentido común, pues cada quién tiene un sistema de valores diferente y lo que está bien para unos, está mal para otros. ¿Deberían censurar a los anti-vacunas?, ¿a los que creen en las teorías de conspiración?, ¿a los que niegan que exista el Covid?, ¿a los extremistas políticos?

La salida que han encontrado las plataformas es ofrecer información verificada junto al mensaje cuando se postean esos temas, dando al usuario la posibilidad de contrastar sus afirmaciones con datos verídicos, pero volvemos a uno de los puntos anteriores: si lo que te mueve es la convicción y no la razón, de poco sirve esa herramienta.

La eliminación de mensajes y el exilio definitivo de las redes es una medida no deseada, pero dadas las circunstancias, necesaria. Es curioso como algunos dan más importancia a la decisión tomada por las plataformas, que a los hechos que ocasionaron dicha medida.

No se le impide a Trump hablar ni seguir expresando sus opiniones, solo le quitaron canales que no querían seguir siendo un multiplicador de sus desvaríos. Además, estos negocios operan bajo ciertas reglas, como todos los demás: un restaurante puede negar el servicio a clientes descalzos; una embajada puede prohibir el uso de celulares dentro de sus instalaciones; una red social puede sancionar el envío de mensajes que contengan o inciten a la violencia o que divulguen información falsa, violenta, racista o discriminatoria.

Las acciones de Trump son simplemente indefendibles: un presidente que nunca criticó los movimientos de supremacía blanca, que mentía todos los días, que sigue alegando fraude electoral sin ningún fundamento y que ocasionó un daño enorme a la democracia de su país, no tiene justificación. Las amenazas de un regreso y la ceguera de sus seguidores son una peligrosa combinación que representa la semilla latente de un nacionalismo extremo que ya ha polarizado a varias naciones europeas.

Que el presidente mexicano critique el exilio de Trump de las redes y no condene los hechos que desencadenaron tal medida es muy desesperanzador. Tanto López Obrador a nivel nacional como Jaime Bonilla a nivel estatal se han dedicado a gobernar usando las redes como el nuevo púlpito desde donde predican el evangelio de la 4T, incluidos regaños, denostaciones, halagos, amenazas y berrinches. Es lógico que les preocupe que las plataformas digitales les puedan bajar el telón y les impidan el acceso a su propia horda de seguidores.

Largos se harán los siguientes diez días hasta la toma de protesta de Joe Biden, acto al que Donald Trump ya anunció, no asistirá. El republicano se va por la puerta de atrás, como el peor presidente en la historia contemporánea de los Estados Unidos y el primero vetado de las redes sociales. Esto último sin duda, sentará un precedente importante.